EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
      DE LA RED VASCA ROJA EN ESPAÑOL Y EN INTERNET


      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 45. La toma del Palacio de Invierno.

      The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.

      Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa (II)", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 405-427.

      Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 16 de septiembre de 1997.

      Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.



      Kerenski recibió a Stankievich, que había llegado del frente para informarle, en un estado de ánimo exaltado: acababa de regresar del Consejo de la República, donde había desenmascarado definitivamente la insurrección de los bolcheviques. "¿La insurrección?" "¿Acaso no sabe usted que aquí tenemos un levantamiento armado?" Stankievich se echó a reír. No era para menos, ya que las calles estaban completamente tranquilas. ¿Acaso era aquél el aspecto normal de una verdadera insurrección? Sin embargo, hay que poner fin a esas conmociones eternas. Kerenski está completamente de acuerdo con ello: no espera más que la resolución del Preparlamento.

      A las nueve de la noche, el gobierno se reunió en la Sala de Malaquita del palacio de Invierno, para estudiar los medios conducentes a la "liquidación decidida y definitiva" de los bolcheviques. Stankievich, enviado al palacio de Marinski para acelerar las cosas, dio cuenta, indignado, de la fórmula de semidesconfianza que se acababa de adoptar. Kerenski, dejándose llevar del primer impulso, declaró que en esas condiciones "no estaría ni un minuto más al frente del gobierno". Se llamó inmediatamente por teléfono a palacio a los líderes conciliadores. La posibilidad de la dimisión de Kerenski les asombró no menos que éste la resolución que habían tomado. Avksentiev se justificó: consideraban que la resolución era "puramente teórica y accidental y no creían que pudiera traer aparejados consigo actos de carácter práctico". Esa gente no dejaba pasar ni una ocasión de mostrar lo que valía.

      En el fondo de la insurrección que se estaba desarrollando, la conversación nocturna de los "profetas" con los ex "zares" -volvamos por última vez a la imagen bíblica de Merejkovski-, parece completamente inverosímil. Dan, uno de los principales sepultureros del régimen de Febrero, exigió que el gobierno fijara inmediatamente aquella misma noche por las calles de la ciudad un pasquín declarando que había propuesto a los aliados la iniciación de negociaciones de paz. Kerenski contestó que el gobierno no tenía necesidad de semejantes consejos. Es de suponer que hubiera preferido una fuerte división. Pero eso no podía proponerlo Dan. Kerenski intentó, naturalmente, hacer recaer sobre sus interlocutores la responsabilidad de la insurrección. Dan contestó que el gobierno exageraba los acontecimientos, influido por su "Estado Mayor reaccionario". En todo caso, no había ninguna necesidad de presentar la dimisión: aquella resolución, desagradable para Kerenski, era necesaria para producir un cambio en el estado de ánimo de las masas. Si el gobierno sigue las instigaciones de Dan, los bolcheviques se verán obligados "mañana mismo" a disolver su Estado Mayor. "Precisamente en aquellos momentos -añade Kerenski con legítima ironía- estaba ocupando la guardia roja los edificios públicos, uno tras otro."

      Apenas había terminado esta explicación, tan llena de contenido, con los amigos de la izquierda, cuando comparecieron ante Kerenski los amigos de la derecha, representados por una Comisión del Soviet de las tropas cosacas. Los oficiales hablaron como si dependiese de su voluntad la conducta de los tres regimientos cosacos que había en Petrogrado, y expusieron a Kerenski condiciones diametralmente opuestas a las de Dan; las represalias contra los bolcheviques debían ser llevadas, de esta vez, hasta las últimas consecuencias, no como en julio, cuando los cosacos salieron perjudicados inútilmente. Kerenski, que no deseaba otra cosa, se excusó ante sus interlocutores de que, por consideraciones tácticas, no hubiera detenido hasta entonces a Trotski como presidente del Soviet, y prometió de nuevo la "liquidación definitiva" de los bolcheviques. Los delegados le dejaron con la promesa de que los cosacos cumplirían con su deber. El Estado Mayor circuló la siguiente orden entre los regimientos cosacos: "En aras de la libertad, del honor y de la reputación de la tierra rusa, acudid en auxilio del Comité ejecutivo central y del gobierno provisional, con el fin de salvar a Rusia, que se halla al borde del abismo." Este gobierno, jactancioso, que tan celosamente salvaguardaba su independencia respecto del Comité ejecutivo central, se veía obligado a esconderse humildemente tras de sus espaldas en el momento de peligro. Enviáronse asimismo órdenes implorando la ayuda de las academias militares de Petrogrado y de los alrededores. Se dio la orden siguiente a los ferrocarriles: "Las tropas que procedentes del frente se dirigen a Petrogrado, deben ser enviadas a la capital inmediatamente, interrumpiendo, si es preciso, el movimiento de los trenes de pasajeros."

      Luego, los miembros del gobierno, una vez hecho cuanto estaba a su alcance, se fueron a sus casas, pasada ya la una de la noche. En el palacio quedó únicamente, con Kerenski, su sustituto, el comerciante liberal de Moscú, Konovalov. El jefe de la región militar, Polkonikov, se presentó para proponerle que, con ayuda de las tropas fieles, se organizara inmediatamente una expedición para apoderarse del Instituto Smolni. Kerenski aceptó de buen grado el magnífico plan. Pero en modo alguno pudo colegir, por las palabras del jefe de la región militar, en qué fuerzas se disponía éste a apoyarse. Hasta ese momento no comprendió Kerenski, según confiesa él mismo, que los informes de Polkovnikov, de aquellos últimos diez o doce días, sobre la voluntad decidida de su Estado Mayor de luchar con los bolcheviques, "no se fundaba absolutamente en nada". ¡Como si, en realidad, para apreciar la situación político-militar no dispusiera Kerenski de otras fuentes que los informes burocráticos de un coronel mediocre que, no se sabe por qué, había sido puesto al frente de la zona! Mientras el jefe del gobierno se entregaba a amargas reflexiones, un comisario del gobierno militar, llamado Rogovski, trajo una serie de noticias: unos cuantos buques de la escuadra del Báltico habían entrado en el Neva en orden de combate; algunos de ellos se habían dirigido al puente de Nikolaiev y lo habían ocupado, destacamentos de revolucionarios avanzan hacia el puente de palacio. Rogosvki llamó, en especial, la atención de Kerenski sobre las circunstancias de que "los bolcheviques realizan su plan en orden completo, sin tropezar en ninguna parte con la resistencia de las tropas del gobierno". No se veía con claridad, en esa conversación, cuáles eran las tropas que debían ser consideradas como gubernamentales.

      Kerenski y Konovalov abandonaron precipitadamente el palacio, para dirigirse al Estado Mayor. "No había ni un minuto más que perder." El edificio del Estado Mayor estaba atestado de oficiales, que iban allí, no para tratar de asuntos de sus regimientos, sino para ocultarse de estos últimos. "Entre esa multitud militar habría una serie de paisanos a quienes no conocía nadie." El nuevo informe de Polkovnikov convenció definitivamente a Kerenski de la imposibilidad de fiarse del jefe de la región ni de sus oficiales. El jefe del gobierno decide reunir personalmente, en torno suyo, "a todos los que se mantengan fieles al deber". Recordando que es un hombre de partido -del mismo modo que hay quien al llegar a la agonía se acuerda de Dios y de sus sacerdotes-, Kerenski pide por teléfono que le envíen inmediatamente los grupos armados socialrevolucionarios. Esta inesperada apelación a las fuerzas armadas del partido, sin embargo, en lugar de dar ningún resultado -si es que, en general, podía darlo-, "apartó de Kerenski -según cuenta Miliukov- a los elementos más derechistas, que ya no mostraban gran afección hacia él". El aislamiento de Kerenski, puesto ya de relieve de un modo tan acentuado durante los días de la sublevación de Kornílov, adquiría ahora un carácter todavía más fatal. "Las horas de aquella noche se arrastraban de un modo doloroso", dice Kerenski, repitiendo su frase de agosto. De ninguna parte venían refuerzos. Los cosacos estaban reunidos; los representantes de los regimientos decían que se podía entrar en acción y que, en general, no había motivo alguno para no hacerlo, pero que para ello se necesitaban ametralladoras, auto blindados y, sobre todo, Infantería. Kerenski les prometió, sin vacilar, coches blindados -los mismos cuyos equipos se disponían a abandonarle- y la Infantería, que no tenía. Como contestación a esto, se le dijo que los regimientos examinarían pronto todas las cuestiones y "empezarían a ensillar los caballos". Las fuerzas armadas del partido socialrevolucionario no daban señales de vida. ¿Existían aún? ¿Dónde estaba, en suma, la línea divisoria entre lo real y lo irreal? La oficialidad, reunida en el Estado Mayor, observaba una actitud "cada vez más provocadora", respecto del generalísimo y jefe del gobierno. En sus Memorias, Kerenski llega incluso a afirmar que se había hablado entre la oficialidad de la necesidad de detenerle. Como antes, nadie guardaba el edificio del Estado Mayor. Las negociaciones oficiales se llevaban en presencia de personas ajenas, en medio de las conversaciones particulares. La sensación de que todo estaba perdido y, como consecuencia, el desaliento más profundo, pasaban del Estado Mayor al palacio de Invierno. Los junkers estaban nerviosos; el personal de los autos blindados se agitaba. Faltaba el apoyo de abajo; en las esferas dirigentes reinaba el más terrible desconcierto. ¿Podía evitarse, acaso, la catástrofe en tales condiciones?

      A las cinco de la madrugada, Kerenski llamó al Estado Mayor al administrador del Ministerio de la Guerra. En el puente de Trotski, el general Manikovski fue detenido por las patrullas que lo condujeron al cuartel del regimiento de Pavl, pero allí, tras una breve explicación, fue puesto en libertad: es de suponer que el general consiguió persuadir a los soldados de que su detención podía traer aparejadas desagradables consecuencias para los soldados del frente. Aproximadamente, en aquellos mismos instantes fue detenido, cerca del palacio de Invierno, el automóvil de Stankievich; pero el Comité de regimiento puso también en libertad a este último. "Eran tropas insurreccionales -cuenta el detenido-, pero que, no obstante, obraban con una indecisión extrema. Desde casa di cuenta por teléfono, al palacio de Invierno, de lo que me acababa de ocurrir; pero se me dijo desde allí que estuviera tranquilo, puesto que sólo podía tratarse de un error." En realidad, el error había estado en devolver la libertad a Stankievich, que, como ya sabemos, intentó horas más tarde reconquistar la central telefónica, tomada por los bolcheviques.

      Kerenski exigió del Estado Mayor del frente norte, que tenía su sede en Pskov, que enviaran inmediatamente regimientos de confianza. Desde el Cuartel general, Dujonin comunicó por el hilo directo que se habían tomado todas las medidas para mandar tropas sobre Petrogrado y que algunos de los regimientos debían de haber llegado ya. Pero los regimientos no llegaban. Los cosacos seguían "ensillando los caballos". La situación en la ciudad empeoraba de hora en hora. Cuando Kerenski y Konovalov regresaron a palacio para descansar, el ayudante trajo una noticia extraordinaria: no funcionaba ninguno de los teléfonos de palacio, y el puente situado bajo las ventanas del gabinete de Kerenski estaba ocupado por retenes de marinos. La plaza de Palacio sigue desierta: "No se tiene ninguna noticia de los cosacos." Kerenski vuelve otra vez al Estado Mayor, pero las noticias que allí recibe son también poco consoladoras. Los bolcheviques han exigido de los junkers que se marchen de palacio, y los junkers andan muy agitados. Los autos blindados no pueden funcionar; se ha descubierto que se han "perdido" algunas piezas importantes. No se tiene ninguna noticia de las tropas enviadas del frente. Nadie guarda las calles adyacentes al palacio y al Estado Mayor; si los bolcheviques no han entrado por ellas hasta ahora, será únicamente porque no hayan querido. El edificio, que hasta entonces había estado atestado de oficiales, va quedándose desierto: cada cual se salva como puede. Se presenta una comisión de junkers; están dispuestos a cumplir con su deber, si hay esperanzas de que lleguen refuerzos. Pero éstos, precisamente, no llegan.

      Kerenski llamó con urgencia a los ministros, para que se presentasen en el Estado Mayor. La mayoría de ellos no pudo disponer de automóvil: estos importantes medios de locomoción, desconocidos de las viejas revoluciones y que dan un nuevo impulso a las insurrecciones de nuestros días, o habían sido confiscados por los bolcheviques, o los ministros no tenían posibilidad de llegar hasta ellos, por impedírselo las fuerzas de los revolucionarios. El único que llegó al Estado Mayor fue Kischkin, y tras él, Malinatovich. ¿Qué podía hacer el jefe del gobierno? Dirigirse inmediatamente al encuentro de las tropas, con objeto de hacerlas avanzar a través de todos los obstáculos: a nadie podía ocurrírsele una idea mejor.

      Kerenski ordena que le preparasen su "magnífico automóvil de carreras, descubierto". Pero en ese punto, se une a la cadena de los acontecimientos un nuevo factor, bajo la forma de la solidaridad inquebrantable que une a los gobiernos de la Entente en la felicidad y en la desgracia. "No sé cómo, la noticia de mi partida llegó hasta las Embajadas aliadas." Los representantes de la Gran Bretaña y de los Estados Unidos expresaron el deseo de que acompañara al jefe del gobierno, que abandonaba la capital, "un automóvil con la bandera norteamericana". El propio Kerenski consideró esta proposición superflua e incluso vejatoria, pero la aceptó como expresión de la solidaridad de los aliados.

      El embajador norteamericano David Francis da otra versión que se parece algo menos a este cuento de Navidad. Según él, un automóvil norteamericano fue seguido en la calle por otro, en el que iba un oficial ruso, que exigió se cediera a Kerenski el automóvil de la Embajada para emprender un viaje al frente. Después de consultar entre sí el caso, los funcionarios de la embajada llegaron a la conclusión de que, teniendo en cuenta que el automóvil había sido ya de hecho "confiscado" -lo cual no era cierto-, no les quedaba otro recurso que someterse a la fuerza de las circunstancias. Según esta versión, el oficial ruso, a pesar de las protestas de los señores diplomáticos, se negó a retirar la bandera norteamericana. La cosa no tiene nada de sorprendente, puesto que lo único que garantizaba la inviolabilidad del automóvil era aquel trapo de color. Francis aprobó lo que habían hecho sus subordinados, pero dio orden de que "no se dijera nada de ello a nadie".

      Si se comparan estas dos versiones, que pasan en distintos grados por la línea de la verdad, los hechos resaltan con suficiente claridad: no fueron los aliados, naturalmente, los que impusieron el automóvil a Kerenski, sino que éste mismo lo solicitó; pero como los diplomáticos debían rendir tributo a la hipocresía de la no intervención en los asuntos interiores, se convino en que el automóvil había sido "confiscado" y que se diría que la embajada "había protestado" contra el abuso de la bandera. Después que hubo quedado resuelta esta delicada cuestión, Kerenski tomó asiento en su automóvil y el coche norteamericano le siguió como reserva. "Ni qué decir tiene -sigue relatando Kerenski-, que en la calle, tanto los transeúntes como los soldados, me reconocieron inmediatamente; yo saludé, como siempre, con cierta indolencia y una ligera sonrisa." ¡Qué incomparable imagen! Indolente y sonriendo, el régimen de Febrero se hundió en el reino de las sombras. A la salida de la ciudad había por todas partes retenes de soldados y patrullas de obreros en armas. Al ver aquellos automóviles que corrían velozmente, los guardias rojos se lanzaron a la carretera, pero no se decidieron a disparar. En general, evitaban todavía hacerlo. También es posible que les contuviese la bandera norteamericana. Los automóviles siguieron su camino sin novedad.

      -¿Es decir, que en Petrogrado no hay tropas dispuestas a defender al gobierno provisional? -preguntó asombrado Maliantovich, que hasta aquel momento había vivido en el reino de las verdades eternas del Derecho.

      -No sé nada -dijo Konovalov, con un gesto de desaliento-. Las cosas van mal -añadió.

      -Y ¿qué tropas son ésas que vienen? -interrogó Maliantovich.

      -Un batallón de motociclistas, si no estoy equivocado.

      Los ministros suspiraron. En Petrogrado y sus alrededores había 200.000 soldados. Mal tenían que ir las cosas del régimen para que el jefe del gobierno, protegido por la bandera norteamericana, se viese obligado a salir al encuentro de un batallón de motociclistas.

      El suspiro de los ministros hubiera sido todavía más profundo, sin duda, si hubiesen salido que el 5º Batallón de motociclistas, mandado desde el frente se había detenido en Peredoiskaya y preguntado telegráficamente al Soviet de Petrogrado con qué fines se le había llamado, en realidad. El Comité militar revolucionario mandó un saludo fraternal al batallón y le propuso que enviase inmediatamente sus representantes. Las autoridades buscaban y no encontraban a los motociclistas, cuyos delegados llegaban a Smolni aquel mismo día.

      Proyectábase tomar el palacio de Invierno en la noche del 25, simultáneamente con todos los demás puntos importantes de la capital. El 23 se creó un Comité de tres miembros, con Podvoiski y Antónov, como figuras principales, para la toma del palacio. Se incluyó en el Comité, en calidad de tercer miembro, al ingeniero Sadovski, que estaba en el servicio militar, pero absorbido por los asuntos de la guarnición, no pudo participar en los trabajos de dicho Comité. Le sustituyó Chudnovski, que había llegado en mayo, junto con Trotski, del campamento de concentración del Canadá y que había pasado tres meses en el frente como soldado. Parte muy activa tomó en las operaciones el viejo bolchevique Laschevich, que había llegado en el ejército hasta el grado de suboficial. Tres años más tarde recordaba Chudnovski, cómo discutían furiosamente en la reducida habitación que ocupaban en el Smolni, Podvoiski y Chudnovski, esforzándose por trazar sobre el plano de Petrogrado el mejor plan de acción contra el palacio de Invierno. Al fin se decidió rodear el radio del palacio de un óvalo cuyo eje principal había de ser la orilla del Neva. Debían cerrar el óvalo, por la parte del río, la fortaleza de Pedro y Pablo, el Aurora y los demás buques que se habían hecho venir de Cronstadt y de la escuadra de operaciones. Con objeto de prevenir o paralizar toda tentativa de ataque por la espalda, de parte de los cosacos y los junkers, se decidió disponer nutridos destacamentos revolucionarios más allá de la línea de combate.

      El plan era, en general, excesivamente complejo para el objetivo que se perseguía. El tiempo señalado para la preparación resultó insuficiente. Como es de suponer, a cada paso se ponían de manifiesto errores de cálculo y faltas de coordinación. En un sitio no se había indicado como era debido la dirección del ataque; en otro, el encargado de dirigir las operaciones, confundiendo las instrucciones, había llegado con retraso; en el de más allá se esperaba, inútilmente, al auto blindado salvador. Sacar a la calle los regimientos, combinar su acción con la de los guardias rojos, ocupar los puestos de combate, asegurar el contacto entre ellos y con el Estado Mayor, todo esto exigía muchas más horas de lo que suponían los dirigentes, que discutían sobre el plano de Petrogrado.

      Cuando el Comité militar revolucionario anunció, cerca de las diez de la mañana, la caída del gobierno, los dirigentes inmediatos de las operaciones todavía no veían claramente hasta qué extremo llegaba el retraso. Podvoiski prometió la caída del palacio de Invierno para no "más tarde de las doce". Hasta entonces, las operaciones militares se habían desarrollado de un modo tan regular que nadie tenía motivos para dudar de este plan. Pero a mediodía se puso de manifiesto que aún no se había organizado el sitio, que los marinos de Cronstadt no habían llegado y que, en cambio, la defensa de palacio se había reforzado. Como ocurre casi siempre, el tiempo perdido provocó la necesidad de nuevos aplazamientos. Bajo la vigorosa presión del Comité, la toma del palacio fue señalada esta vez de un modo "definitivo", para las tres. Apoyándose en este nuevo plazo, el ponente del Comité militar revolucionario expresó, en la sesión diurna del Soviet, la esperanza de que la caída del palacio de Invierno sería cosa de pocos minutos. Pero pasó otra hora y las cosas seguían en el mismo estado. Podvoiski, que ardía asimismo de impaciencia, aseguró por teléfono que a las seis sería tomado a toda costa el palacio. Ya no había, sin embargo, la confianza de antes. En efecto, dieron las seis y no se produjo el desenlace.

      Fuera de sí por la insistencia de Smolin, Podvoiski y Antónov se negaron a señalar ningún otro plazo. Esto provocó una seria inquietud. Políticamente, se consideraba necesario que en el momento en que se abriera el Congreso de los soviets, se hallase toda la capital en manos del Comité militar revolucionario: esto habría simplificado la actitud que hubiera de adoptarse respecto a la oposición del Congreso, a la que de ese modo se habría puesto ante el hecho consumado. Entre tanto llegaba la hora de abrir el Congreso, remitióse para más tarde, y llegó de nuevo. Aún no había sido tomado el palacio de Invierno. Así, el cerco del palacio, gracias al carácter prolongado que cobró, convirtióse en el objetivo central de la insurrección, al menos por espacio de once horas.

      El Estado Mayor principal de las operaciones seguía en el Smolin, donde iban concentrándose todos los hilos en manos de Laschevich. El Estado Mayor de campaña estaba en la fortaleza de Pedro y Palo, donde toda la responsabilidad recaía sobre Blagonravov. Estados Mayores subordinados, había tres: uno en el Aurora; otro en los cuarteles del regimiento de Pavl, otro en los de la dotación de la escuadra. En el campo de operaciones actuaban Podvoiski y Antónov, sin ningún orden de subordinación, por las trazas.

      En el edificio del Estado Mayor central del gobierno, había también tres hombres que examinaban el plano de la ciudad: el coronel Polkovnikov, jefe de la zona militar; el jefe de su Estado Mayor, general Bagratuni, y el general Alexéiev, que había sido invitado a la reunión como suprema autoridad. A pesar de una dirección compuesta de elementos tan calificados, los planes de defensa era incomparablemente menos precisos que los planes de ataque. Verdad es que los inexpertos mariscales de la insurrección no sabían concentrar rápidamente sus tropas y asestar el golpe a tiempo. Pero esas tropas existían. Los mariscales de la defensa; en vez de tropas, contaban con esperanzas confusas. Acaso se decidan a votar los cosacos; acaso se encuentren regimientos fieles en las guarniciones vecinas; acaso pueda traer Kerenski tropas del frente. Conocemos el estado de ánimo de Polkovnikov, por el telegrama que mandó al Cuartel general por la noche; daba la causa por perdida. Alexéiev, que aún veía menos motivos de optimismo, abandonó pronto aquel lugar fatal.

      Se llamó a los delegados de las escuelas de junkers al Estado Mayor, donde se intentó levantarles el ánimo, asegurándoles que pronto llegarían tropas de Gatchina, de Tsarskoie y del frente. Pero nadie creía en esas promesas nebulosas. Por las escuelas militares empezaron a circular rumores depresivos: "En el Estado Mayor reina el pánico; nadie hace nada." Así era, en realidad. Los oficiales cosacos, que se presentaron en el Estado Mayro con la proposición de apoderarse de los autos blindados en el picadero de Mijailov, encontraron a Poikovnikov sentado en el antepecho de una ventana, en un estado de postración completa. ¿Apoderarse del picadero? "Apoderaos de él, no tengo a nadie, y yo solo no puedo hacer nada."

      Mientras se procedía lentamente a la movilización de las escuelas militares para la defensa del palacio de Invierno, los ministros se dirigían a este último para reunirse con él. La plaza de Palacio y las calles adyacentes seguían libres de revolucionarios. En esta ocasión, los ministros pudieron gozar de todas las ventajas de su impopularidad: nadie se interesó por ellos y es de dudar que nadie les reconociera. Se reunieron todos, excepto Prokopovich, detenido casualmente cuando se dirigía a palacio en un coche de punto, y que, dicho sea de paso, fue puesto en libertad el mismo día. Sólo entonces, a las once, decidió el gobierno poner al frente de la defensa a uno de sus miembros. Ya de madrugada, el general Manikovski había renunciado al honor que le habían ofrecido Kerenski. Otro militar del gobierno, el almirante Verderevski, se sentía menos bélico aún. Hubo de ponerse al frente de la defensa un hombre civil: el ministro de la Asistencia pública, Kischkin. Se dio cuenta inmediatamente de este nombramiento el Senado, mediante un decreto firmado por todos los ministros: aún le quedaba tiempo a aquella gente para dedicarse a esas fruslerías protocolarias. En cambio, a nadie se le ocurrió que Kischkin era miembro del partido kadete y, por tanto, doblemente odiado por los soldados del interior y del frente. Kischkin, por su parte, escogió como auxiliares a Palchinski y Rutenberg. El primero, hombre de confianza de los industriales y protector de los lockouts, era odiado por los obreros. El ingeniero Rutenberg era ayudante de Svinkov, al que hasta el mismo partido de los socialrevolucionarios, que admitía a todo el mundo, había excluido como korniloviano. Polkovnikov, sospechoso de traición, fue destituido. En lugar suyo fue designado el general Bagratuni, que en nada se distinguía de él.

      A pesar de que los teléfonos del Estado Mayor y del palacio no funcionaban, este último estaba en contacto con las instituciones más importantes por medio de su línea particular y, muy principalmente, con el Ministerio de la Guerra, que tenía una línea directa con el Cuartel general. Es posible que, en las prisas de aquellos días, no fueran interceptadas por completo las líneas urbanas. Sin embargo, desde el punto de vista militar, esto no representaba ninguna ventaja y más empeoraba que mejoraba, moralmente, la situación del gobierno, ya que le quitaba toda ilusión.

      Los dirigentes de la defensa exigieron refuerzos desde por la mañana. Alguien intentó ayudarles en este sentido. El doctor Feit, miembro del Comité central de partido socialrevolucinario, que tuvo participación directa en este asunto, habló, años después, ante los tribunales, de la "sorprendente modificación, rápida como el rayo, que se produjo en el estado de ánimo de los regimientos". Se decía, de fuentes fidedignas, que tal o cual regimiento estaba dispuesto a salir en defensa del gobierno; pero bastaba dirigirse a él por teléfono, para que un regimiento tras otro se negara a acudir a la plaza de Palacio. "El resultado ya lo conocéis -decía el viejo populista-; nadie entró en acción, y el palacio de Invierno fue tomado." En realidad, el espíritu de la guarnición no cambió con la rapidez del rayo. Lo que realmente se hundió con esa rapidez fueron las ilusiones de los partidos gubernamentales. Los autos blindados, en los que confiaban particularmente en el palacio de Invierno y en el Estado Mayor, se dividieron en dos grupos: uno bolchevista y otro pacifista. Nadie se declaró favorable al gobierno. Cuando se dirigía al palacio de Invierno media compañía de ingenieros junkers, se encontró, llena de esperanza y de miedo, con dos autos blindados. ¿Eran amigos o enemigos? Resultó que se mantenían en una actitud neutral y habían salido a la calle con objeto de impedir todo choque entre los dos bandos. De los seis autos blindados que había en palacio, sólo uno se quedó allí: los otros cinco se marcharon. A medida que iba triunfando la insurrección, el número de autos blindados aumentaba y el ejército de la neutralidad se derretía: tal es, de ordinario, el destino de la neutralidad en toda lucha seria.

      Se acerca el mediodía. La enorme plaza del palacio de Invierno sigue desierta. El gobierno no puede llenarla con nada. Las tropas del Comité, absorbidas por la realización de un plan excesivamente complejo, no la ocupan. Van concentrándose las tropas, los destacamentos obreros, los autos blindados. El radio del palacio de Invierno va pareciéndose a un lugar apestado, cercado por la periferia, lo más lejos posible del foco de infección.

      El patio que da a la plaza está lleno, como el patio de Smolni, de montones de leña. A derecha e izquierda, muestran sus negras bocas los cañones de campaña de tres pulgadas. En algunos sitios aparecen haces de fusiles. La guardia, poco numerosa, de palacio, está pegada a las paredes mismas del edificio. En el patio y en el piso inferior, se encuentran las dos escuadras militares de Oranienbaum y Peterhof, que distan mucho de estar completas, y un pelotón de la Escuela de artillería de Konstantino, con seis cañones.

      En la segunda mitad del día llega un batallón de junkers de la escuela de Ingenieros, que ha perdido media compañía por el camino. El espectáculo que ofrecía el palacio no es como para suponer que pudiera levantar el espíritu de los junkers, que tanto dejaba ya que desear por el camino, según el testimonio de Stankievich. En palacio se observó una carencia casi absoluta de víveres: ni siquiera se había ocupado nadie oportunamente. Un camión cargado de pan fue tomado por las patrullas del Comité. Parte de los junkers hacía centinela; los demás languidecían inactivos, atormentados por lo desconocido y por el hambre. La dirección no se dejaba sentir por ninguna parte. En la plaza de Palacio y en la orilla del río empezaron a hacer su aparición grupos, al parecer de transeúntes pacíficos, que arrebataban los fusiles a los junkers y les amenazaban con los revólveres.

      Descubrióse que entre los junkers había "agitadores". ¿Habían penetrado desde el exterior? No; según las trazas y, por el momento, se trataba de revoltosos del interior, que consiguieron producir cierta fermentación entre sus compañeros de Oranienbaum y Peterhof. Los comités de las escuelas organizaron una reunión en la sala blanca del palacio, y exigieron que se presentara a dar explicaciones un representante del gobierno. Quienes se presentaron fueron todos los ministros, capitaneados por Konovalov. Kischkin explicó a los junkers que el gobierno había decidido sostenerse hasta que se agotaran todas las posibilidades. Según el testimonio de Stankievich, uno de los junkers intentó decir que él estaba dispuesto a morir por el gobierno, pero la frialdad evidente de los demás compañeros, le contuvo. Los discursos de los restantes ministros provocaron ya, sencillamente, la irritación de los junkers, que interrumpían, gritaban e incluso, según parece, silbaban. Los junkers de sangre azul explicaban la conducta de la mayoría de sus compañeros, por su bajo origen social: "Son gente del campo, medio analfabetos, bestezuelas ignorantes..." Así y todo, la reunión de los ministros con los junkers en el palacio sitiado, terminó con la reconciliación: los junkers accedieron a quedarse, después que se les hubo prometido una dirección activa y una información veraz de los hechos. El jefe de la escuela de Ingenieros fue nombrado comandante de la defensa de palacio. Se dio la sensación de algo que se parecía al orden. Se creó un plan de defensa, señaláronse, posiciones de combate. En el patio y ante los pórticos, se alzaron reductos, utilizando para ello la leña. Parapetados tras esos reductos, los junkers desalojaron la plaza de Palacio. Los centinelas se sintieron más seguros.

      La guerra civil, sobre todo en sus comienzos, antes de que se formen ejércitos regulares y de que se curtan, es una guerra en que los efectos morales son de gran eficacia. Tan pronto como se puso de manifiesto un pequeño aumento de actividad por parte de los junkers, que desalojaron la plaza disparando desde la barricada, se creyó entre los asaltantes que la fuerza y los recursos de la defensa eran mucho más considerables. A pesar del descontento de las guardias rojos y de parte de los soldados, los dirigentes decidieron aplazar el asalto hasta que se concentraran las reservas, principalmente antes de la llegada de los marinos de Cronstadt.

      Este intervalo de varias horas aportó algunos refuerzos a los sitiados. Después que Kerenski hubo prometido fuerzas de Infantería a la comisión de cosacos, se reunió el Soviet de las tropas cosacas y celebraron asimismo reuniones los comités de regimiento y las asambleas generales de estos últimos. Decidióse mandar inmediatamente al edificio del palacio dos centurias y la sección de ametralladoras del regimiento de los Urales, que había llegado del frente en julio para aplastar a los bolcheviques. En cuanto a las demás fuerzas, no se mandarían hasta que se cumplieran efectivamente las promesas hechas; esto es, después que hubieran sido enviados los refuerzos de Infantería. Pero tampoco transcurrió sin incidentes el envío de las dos centurias. La juventud cosaca ofreció resistencia; los "viejos" llegaron incluso a encerrar a los jóvenes en las caballerizas, para que no les impidieran equiparse. Sólo al atardecer, cuando ya no se les esperaba, llegaron a palacio los barbudos cosacos de los Urales, que fueron recibidos como salvadores. Los que llegaban, sin embargo, tenían un aspecto sombrío; no estaban acostumbrados a guerrear en los palacios. Además, no veían muy claro de parte de quién estaba la razón.

      Al cabo de poco tiempo, llegaron inesperadamente cuarenta Caballeros de San Jorge, mandados por un capitán, con una pierna postiza. ¡Un inválido, como refuerzo! Pero, así y todo, esto levantó un poco los ánimos. Pronto llegó asimismo la compañía de choque del batallón femenino. Lo que más animaba a los sitiados era que los refuerzos entraban en el edificio sin necesidad de combatir. Los sitiadores no podían impedirles el acceso a palacio o no se decidían a hacerlo. La cosa estaba clara: el adversario era débil. "Gracias a Dios, las cosas empiezan a arreglarse", decían los oficiales, consolándose a sí mismos y consolando a los junkers. Los recién llegados fueron dispuestos en sus posiciones de combate, relevando a los fatigados. Los cosacos de los Urales, sin embargo, miraban descontentos a las mujeres con fusiles. Pero ¿dónde está la verdadera infantería?

      Los sitiadores perdían el tiempo a todas luces. Los marinos de Cronstadt no acababan de llegar, aunque, a decir verdad, no tenían ellos la culpa: se les había llamado demasiado tarde. Tras intensos preparativos nocturnos, empezaron a embarcarse a la madrugada. El portaminas Amur y el buque Yastreb toman la dirección de Petrogrado. El viejo acorazado Zaria Svobodi [La Aurora de la Libertad], después de desembarcar fuerzas en Orienbaum, donde se proyectaba desarmar a los junkers, debía fondear a la entrada del canal marítimo, para abrir el fuego, en caso de necesidad, contra la línea férrea del Báltico. Cinco mil marineros y soldados desamarraron a primera hora de la mañana de la isla de Kotlin, para atracar en la revolución social. En el camarote de la oficialidad reina un silencio sombrío; a esa gente se le lleva a combatir con una causa que odia. El bolchevique Flerovski, comisario del destacamento, les declara: "No contamos con vuestra simpatía, pero exigimos que estéis en vuestros puestos: os libraremos de pruebas superfluas." Por toda respuesta resuena un breve "está bien". Todos fueron a ocupar sus puestos; el capitán subió al puente.

      Al entrar en el Neva, un ¡hurra! jubiloso: los marinos salen a recibir a los suyos. En el Aurora, fondeado en medio del río, suenan las notas de una orquesta. Antónov dirige breves palabras de salutación a los recién llegados: "Ahí tenéis el palacio de Invierno... Hay que tomarlo." En el destacamento de Cronstadt estaban los elementos más decididos y audaces. Esos marinos, con sus blusas negras, sus fusiles y sus cartucheras, irán hasta el fin. El desembarque se efectúa rápidamente, en el bulevar Konogvardeiski. En el buque no quedan más que los centinelas.

      Las fuerzas ahora son más que suficientes. En la Nevski, fuertes retenes; en el puente del canal Yekaterinski y en el de la Moika, automóviles blindados y cañones aéreos, que apuntan al palacio de Invierno. En la otra parte de la Moika, los obreros han apostado ametralladoras detrás de los reductos. En la Morskaya hay un auto blindado. El Neva y los pasos del mismo están en manos de los que atacan. Se da orden a Chudnovski y al teniente Dachkevich, para que manden retenes de los regimientos de la Guardia al campo de Marte. Blagonravov debe ponerse en contacto desde la fortaleza, por el puente, con los refuerzos del regimiento de Pavl. Los marinos de Cronstadt entrarán en contacto con la fortaleza y con la primera dotación de la escuadra. Después de una preparación de artillería se iniciará el asalto.

      (sigue)

      Obras de Trotsky El archivo Marx - Engels - Rosa - Lenin - Mao - Ho - Che - Wallerstein - EZLN a la página principal